cambio en la naturaleza humana que el dogmático militar niega, eran incidentes cotidianos para nuestros abuelos. En efecto, las modificaciones en la actitud religiosa que acabamos de mencionar surgen sin duda de un cambio tanto emocional como intelectual. Una teología que pudiera declarar que el niño no nato sufriría un tormento eterno en los fuego del infierno por ningún otro crimen que el de su propia concepción, sería en nuestros días imposible por motivos meramente emocionales.23 Lo que antes se consideraba una mera perogrullada sería visto hoy con horror e indignación. De nuevo, como dice Lecky: «Pues un gran cambio se ha extendido silenciosamente sobre la Cristiandad. Sin alteración alguna, una vieja doctrina ha desaparecido de entre las realizaciones de la humanidad».
No solo en la esfera religiosa vemos este progreso. En una civilización, que era en muchos aspectos admirable, era posible que cuatrocientos esclavos fueran masacrados porque uno de ellos había cometido alguna falta; que una dama elegante satisficiera un capricho momentáneo ordenando que crucificaran a un esclavo; y, hace una o dos generaciones, que poblaciones enteros convirtieran la tortura en un entretenimiento público24 y en una fiesta pública; que los reyes, históricamente ayer, asistieran personalmente a las torturas de personas acusadas de brujería.
Pitcairn relata en sus "Juicios criminales de Escocia" (Criminal Trials of Scotland) que Jacobo I de Escocia presidió personalmente las torturas de un tal Dr. Fian, acusado de haber provocado una tormenta en el mar. Los huesos de las piernas del prisionero fueron rotos en pedazos pequeños en la bota, y fue el propio Rey quien sugirió la siguiente variante y fue testigo de su ejecución: ¡las uñas de ambas manos fueron sujetas con unas tenazas y arrancadas de los dedos, y en el muñón sangrante de cada dedo se clavaron dos agujas hasta la cabeza!