hecho, en un sin sentido, es la misma falacia que domina la cita que he hecho del libro del profesor Spenser Wilkinson, «Britain at Bay» —a saber, la aproximación de un Estado a una persona, la suposición de que la delimitación política coincide con la delimitación económica y moral, que, en suma, un Estado es la encarnación de «la concepción de todo el pueblo de lo que es verdadero, etc.»—.
Un Estado no es nada de eso. Tomemos el Imperio británico. Este Estado no encarna una concepción homogénea, sino una serie de concepciones a menudo absolutamente contradictorias de «lo que es verdad, etcétera»; encarna las concepciones mahometana, budista, copta, católica, protestante y pagana del derecho y de la verdad. El hecho que vicia toda esta concepción de un Estado es que las fronteras que definen el Estado no coinciden con la concepción de ninguna de las