Hay quienes creen, o se imaginan que creen, que las palabras que he citado entrañan el principio de que el uso de la fuerza o la violencia entre hombre y hombre, o entre nación y nación, es perverso. Al hombre que considera correcto someterse a cualquier violencia o dejarse matar antes que usar la violencia en su defensa, no tengo nada que responderle; el mundo no puede conquistarlo y el miedo no tiene presa sobre él. Pero incluso él solo puede llevar su doctrina hasta el extremo de permitir que se le maltrate, como ahora voy a demostrarle. Hace muchos años, los habitantes de Lancashire se horrorizaron con los hechos ventilados en un juicio por asesinato. En un pueblo de las afueras de Bolton vivía una joven, muy querida y respetada como maestra en una de las escuelas públicas. De camino a casa desde la escuela, solía seguir un sendero a través de un bosque solitario, y allí, una tarde, fue encontrado su cuerpo. Había sido estrangulada por un villano que había pensado en aquel lugar solitario cumplir su perversa voluntad con ella. Ella se había defendido con éxito y él la había matado en el forcejeo. Afortunadamente, el asesino fue capturado y los hechos deducidos de las pruebas circunstanciales quedaron confirmados por su confesión. Ahora bien, la pregunta que debo hacerle al hombre que se atiene al pasaje citado del Evangelio es esta: «¿Cuál habría sido su deber si usted hubiera estado caminando por ese bosque y se hubiera topado con la muchacha forcejeando con el hombre que la mató?». Este es el factor crucial que, a mi juicio, destruye por completo la doctrina de que el uso de la violencia es en sí mismo incorrecto. Lo correcto o incorrecto no reside en el empleo de la fuerza, sino simplemente en el propósito con el que se utiliza. Lo que el caso demuestra, pienso, es que usar la violencia para resistirse a una injusticia violenta no solo es correcto, sino necesario.
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Capítulo I El caso psicológico de la guerra
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