¿Y los derviches? El honor del combate aún debe corresponder a los hombres que murieron. Los nuestros fueron perfectos, pero los derviches fueron soberbios, más allá de la perfección. Fue su mayor, mejor y más valiente ejército de cuantos lucharon contra nosotros por el mahdismo, y murió dignamente por el enorme imperio que el mahdismo conquistó y conservó durante tanto tiempo. Sus fusileros, destrozados por toda clase de muerte y tormento que el hombre puede idear, se aferraban a la bandera negra y a la verde, vaciando sus pobres y defectuosos cartuchos caseros con intrepidez. Sus lanceros cargaban contra la muerte a cada minuto sin esperanza. Sus jinetes encabezaban cada ataque, cabalgando hacia las balas hasta que no quedó nada... Ni una carga, ni dos, ni diez, sino carga tras carga, compañía tras compañía, sin detenerse nunca, aunque todo cuanto veían, que no era un enemigo inconmovible, eran los cuerpos de los hombres que habían cargado antes que ellos. Una línea oscura se levantaba y avanzaba asaltando: se doblaba, se rompía, se desmoronaba y desaparecía. Antes de que el humo se disipara, otra línea se estaba doblando y avanzando en asalto por el mismo rastro... Del ejército verde ya solo salían desesperados enamorados de la muerte, que avanzaban paseándose uno a uno hacia los fusiles, deteniéndose para tomar una lanza, desviándose para reconocer un cadáver, y luego, atrapados por un repentino estallido de furia, dando un salto adelante, frenándose, cayendo lánguidos al suelo. Ahora, bajo la bandera negra, en un círculo de cuerpos, solo quedaban tres hombres, frente a los tres mil de la Tercera Brigada. Se cruzaron de brazos en torno al asta y miraron fijamente al frente. Dos cayeron. El último derviche se puso en pie e hinchó el pecho; gritó el nombre de su Dios y arrojó su lanza. Entonces se quedó muy quieto, esperando. Le alcanzó de lleno; estremeció, cedió de rodillas y se desplomó con la cabeza sobre los brazos y el rostro hacia las legiones de sus conquistadores.
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Capítulo I El caso psicológico de la guerra
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