podemos ser piratas, de que ni siquiera podemos cazar indios, ni ser exploradores, ni siquiera tramperos, con la misma certeza ha llegado el momento de darnos cuenta de que hemos dejado atrás la vida militar.
El atractivo romántico de las empresas de los viejos vikingos, y más tarde incluso de la piratería,65 era tan grande como el de la guerra. Sin embargo, desplazamos al vikingo y colgamos al pirata, aunque no dudo de que lo amábamos mientras lo colgábamos; y no tengo noticia de que aquellos que exigieron la supresión de la piratería fuesen vilipendiados, excepto por los piratas, como sentimentales sensibleros que ignoraban la naturaleza humana, o, según la frase de Homer Lea, como «visionarios medio educados y de cerebro enfermizo, que niegan la inexorabilidad de la ley primordial de la lucha».
La piratería interfería gravemente en el comercio y la industria de quienes deseaban ganarse la vida lo mejor posible y obtener de este mundo imperfecto todo lo que tenía que ofrecer.
La piratería era magnífica, sin duda, pero no era un buen negocio.
Estamos dispuestos a cantar acerca del vikingo, pero no a tolerarlo en alta mar; y algunos de nosotros, que estamos muy dispuestos a darle al soldado su debido lugar en la poesía, la leyenda y el romance, muy dispuestos a admitir, junto con el señor Roosevelt y Von Moltke y los demás, aquellas cualidades que quizás le debamos y sin las cuales seríamos en verdad gente pobre, nos preguntamos, no obstante, si no ha llegado el momento de colocarlo (o a una buena parte de él) suavemente en el estante poético junto al vikingo; o al menos de encontrar otros campos para aquellas actividades que, por mucho que nos atraigan, tienen en su forma actual poco lugar en un mundo en el que, aunque, como ha dicho Bacon, a los hombres les guste más el peligro que la fatiga, la fatiga está destinada, ¡ay! —a pesar nuestro— a ser nuestro sino.