su trabajo, o ambos perecerán de hambre; y ese intercambio, esa expectativa, no es más que la expresión en su forma más sencilla del comercio y el crédito; y la interdependencia aquí señalada ha alcanzado, mediante los innumerables desarrollos de la comunicación rápida, una condición de complejidad tal que la interferencia con cualquier operación dada afecta no solo a las partes directamente involucradas, sino a innumerables otras que a primera vista no tienen conexión con ella.
La interdependencia vital aquí indicada, que atraviesa las fronteras, es en gran medida obra de los últimos cuarenta años; y se ha desarrollado durante ese tiempo de tal manera que ha creado una interdependencia financiera entre las capitales del mundo, tan compleja que una perturbación en Nueva York acarrea una perturbación financiera y comercial en Londres y, si es lo suficientemente grave, obliga a los financieros de Londres a cooperar con los de Nueva York para poner fin a la crisis, no por altruismo, sino por autoprotección comercial.
La complejidad de las finanzas modernas hace que Nueva York dependa de Londres, Londres de París, París de Berlín, en un grado mayor que el que se ha dado jamás en la historia. Esta interdependencia es el resultado del uso diario de aquellos inventos de la civilización que datan de ayer —el correo rápido, la difusión instantánea de información financiera y comercial por medio de la telegrafía y, en general, el incremento increíble en la rapidez de las comunicaciones que ha puesto a la media docena de capitales principales de la Cristiandad en un contacto financiero más estrecho, y las ha hecho más dependientes la una de la otra de lo que lo eran las principales ciudades de Gran Bretaña hace menos de cien años—.
Una conocida autoridad francesa, que escribía recientemente en una publicación financiera, hace esta reflexión: