Si no tenemos fe en nuestros propios principios, ¿a quién miraremos?
El pensamiento inglés nos dio la ciencia de la economía política; el pensamiento y la práctica anglosajones deben darnos otra ciencia, la de la Política Internacional: la ciencia de la relación política entre los grupos humanos. Tenemos los inicios de esta, pero necesita urgentemente sistematización: el reconocimiento por parte de aquellos intelectualmente equipados para desarrollarla y ampliarla.
El desarrollo de una obra semejante estaría en consonancia con las contribuciones que el genio práctico y el espíritu positivo de la raza anglosajona ya han hecho al progreso humano.
Creo que, si el asunto se les planteara eficazmente con la fuerza de esa labor y organización sensatas, prácticas y desinteresadas que tan útiles han sido en el pasado en otras formas de propaganda —no solo demostrarían ser particularmente receptivos a esa labor, sino que la tradición anglosajona volvería a asociarse con el liderazgo en uno de esos grandes movimientos morales e intelectuales que constituirían un corolario tan adecuado para nuestro liderazgo en asuntos como la libertad humana y el gobierno parlamentario—. A falta de tal esfuerzo y de tal respuesta, ¿qué cabe esperar? ¿Vamos, en ciega obediencia al instinto primitivo y a los viejos prejuicios, esclavizados por las viejas consignas y esa extraña indolencia que hace que la revisión de las viejas ideas resulte desagradable, a duplicar indefinidamente en el aspecto político y económico una condición de la que nos hemos liberado en el aspecto religioso? ¿Vamos a seguir luchando, como lucharon tantos hombres buenos en los primeros doce siglos de la Cristiandad —derramando océanos de sangre, malgastando montañas de tesoros— para lograr lo que en el fondo es un absurdo lógico; para llevar a cabo algo que, una vez logrado, no puede servirnos de nada y que, si pudiera servirnos de nada, condenaría a las naciones del mundo a un derramamiento de sangre interminable y a la