hemos perdido el impulso psicológico de matar a nuestros vecinos debido a diferencias religiosas, y (al menos en el caso de los anglosajones) de matar a nuestros vecinos en duelos por alguna causa de vanidad herida.
¿Cómo, en verdad, podría ser de otro modo? ¿Cómo puede la vida moderna, con su abrumadora proporción de actividades industriales y su infinitesimal proporción de actividades militares, mantener vivos los instintos asociados con la guerra frente a aquellos desarrollados por la paz?
No solo la evolución, sino también el sentido común y la observación cotidiana, nos enseñan que desarrollamos más aquellas cualidades que más ejercitamos, las que nos sirven mejor en la ocupación en la que estamos más ocupados. Una raza de marinos no se desarrolla mediante labores agrícolas llevadas a cabo a cientos de millas del mar.
Tomemos el caso de la que se tiene (muy equivocadamente, por cierto) por la nación más militar de Europa: Alemania.
La inmensa mayoría de los alemanes adultos —prácticamente todos los que componen lo que conocemos como Alemania— nunca ha visto una batalla y, con toda probabilidad humana, jamás la verá. En cuarenta años, ocho mil alemanes han estado en campaña unos doce meses contra negros desprovistos de ropa.30
De modo que la proporción entre actividades bélicas y actividades pacíficas resulta ser de una a cientos de miles.
Desearía que fuera posible ilustrar esto mediante un diagrama; pero no se podría hacer en este libro porque, si se empleara un solo punto del tamaño de un punto ortográfico para ilustrar el tiempo dedicado a la guerra real, tendría que llenar la mayor parte del libro de puntos para ilustrar el tiempo dedicado por el resto de la población a actividades pacíficas.31