«robarse» el territorio unos a otros, serán reconocidas como las ilusiones absurdas que son por las mentes más jóvenes, las cuales ven con total claridad el hecho de que el ciudadano de un Estado pequeño se encuentra exactamente igual de bien que el de uno grande. De ese hecho, que no es ni lo más mínimo complejo ni difícil, surgirá la verdad de que el gobierno moderno es una cuestión de administración, y de que a una comunidad no le puede reportar más provecho anexionarse a otras comunidades del que le reportaría a Londres anexionarse a Manchester. Estas cosas no necesitarán argumentos para resultarle claras al colegial del futuro; serán evidentes por sí mismas, como la improbabilidad de que una anciana provoque una tempestad en el mar.
Por supuesto, es verdad que muchos de los factores que influyen en esta mejora serán indirectos. A medida que nuestra educación se vuelva más racional en otros campos, contribuirá a la comprensión en este; a medida que los factores visibles de nuestra civilización pongan de manifiesto —como lo hacen cada vez más claramente— la unidad y la interdependencia del mundo moderno, el intento de separar esas actividades interdependientes mediante divisiones irrelevantes tendrá que venirse abajo cada vez más.
Toda mejora en la cooperación humana —y la cooperación humana es sinónimo de civilización— debe ayudar a la labor de quienes trabajan en el ámbito de las relaciones internacionales.
Pero, una vez más, reiteraría que el trabajo del mundo no se hace por sí solo. Lo hacen los hombres; las ideas no se mejoran a sí mismas, son mejoradas por el pensamiento de los hombres; y es la eficacia del esfuerzo consciente la que determinará principalmente el progreso.
Cuando todas las naciones se den cuenta de que, si Inglaterra ya no puede ejercer la fuerza contra sus colonias, los demás ciertamente