Algo de esta opinión ha encontrado una expresión truculenta en la obra reciente de un soldado estadounidense, Homer Lea.6
El autor sostiene no solo que la guerra es inevitable, sino que cualquier intento sistemático por prevenirla es meramente una intromisión insensata en la ley universal.
Las entidades nacionales, en su nacimiento, actividades y muerte, están regidas por las mismas leyes que gobiernan toda la vida —vegetal, animal o nacional—: la ley de la lucha, la ley de la supervivencia. Estas leyes, tan universales en lo que respecta a la vida y al tiempo, tan inalterables en su causalidad y consumación, solo varían en la duración de la existencia nacional en la medida en que el conocimiento de estas y la obediencia a ellas sean proporcionalmente verdaderos o falsos. Los planes para frustrarlas, para atajos, para soslayarlas, embaucar, negar, desdeñar y violar son una insensatez que solo la vanidad del hombre hace posible. Jamás se ha intentado esto —y el hombre no cesa de hacerlo— sin que el final haya sido gangrenoso y fatal. En teoría, el arbitraje internacional niega la inexorabilidad de las leyes naturales y querría sustituirlas por las más flagrantes fórmulas cagliostrescas, o querría, con la vanidad de Canuto, sentarse a la orilla del océano de la vida y ordenar que cesen el flujo y el reflujo de sus mareas. La idea del arbitraje internacional como sustituto de las leyes naturales que gobiernan la existencia de las entidades políticas surge no solo de la negación de sus mandatos y de la ignorancia de su aplicación, sino de una total idea errónea de la guerra, de sus causas y de su significado.
La tesis de Homer Lea se destaca en la introducción de su obra, escrita por otro soldado estadounidense, el general John P. Storey: