Podría afirmarse aún más, y decir que un súbdito británico de Quebec tiene un contacto más estrecho con París que con Londres; el súbdito británico de África de habla holandesa, con Holanda que con Inglaterra; el súbdito británico de Hong Kong, con Pekín que con Londres; el de Egipto, con Constantinopla que con Londres, y así sucesivamente.
En mil aspectos, la asociación atraviesa las fronteras estatales, que son puramente convencionales, y hace de la división biológica de la humanidad en Estados independientes y beligerantes una ineptitud científica.
Factores aliados, introducidos por la naturaleza del trato moderno, ya han avanzado mucho en hacer que la conquista territorial sea inútil para la satisfacción del orgullo y la vanidad humanos naturales. Así como en la esfera económica los factores peculiares de nuestra generación han hecho que la vieja analogía entre Estados y personas sea falsa, estos factores hacen que la analogía en la esfera sentimental también lo sea. Mientras que el individuo de grandes posesiones obtiene de hecho, en razón de su riqueza, una deferencia que satisface su orgullo y su vanidad, el individuo de la gran nación no tiene tal ventaja sentimental frente al ciudadano de la nación pequeña. A nadie se le ocurre respetar al mujik ruso por pertenecer a una gran nación, ni despreciar a un caballero escandinavo o belga por pertenecer a una pequeña; y cualquier sociedad concederá prestigio al noble de Noruega, Holanda, Bélgica, España o incluso Portugal, que le niega a un «trepa» estadounidense. El noble de cualquier país se casará con la noble de otro con mayor facilidad que con una mujer de una clase inferior de su propio país. El prestigio del país extranjero rara vez cuenta para algo en este asunto, cuando se llega a los hechos reales de la vida cotidiana, tan superficial es el sentimiento real que hoy divide a los Estados.