Francia tiene un nuevo imperio, nos dicen; ha obtenido una gran victoria; está creciendo y expandiéndose y es más rica gracias a algo que sus rivales son más pobres por no tener. Supongamos que le va tan bien en Marruecos como en sus otras posesiones, por ejemplo, en Túnez, que representa una de las operaciones de expansión colonial más exitosas que han marcado su historia durante los últimos cuarenta años. ¿Cuál ha sido el efecto preciso en la prosperidad francesa? En treinta años, a costa de muchos millones (forma parte de la administración colonial exitosa en Francia no dejar que se sepa lo que las colonias cuestan realmente), Francia ha fundado en Túnez una colonia en la que hoy en día hay, excluyendo a soldados y funcionarios, unos 25.000 colonos franceses genuinos; ¡exactamente el número en que la población francesa en Francia —la verdadera Francia— disminuye cada año! Y el valor de Túnez como mercado ni siquiera alcanza la suma que Francia gasta directamente en su ocupación y administración, por no hablar de la extensión indirecta de las cargas militares que su conquista implicó; y, por supuesto, el mercado que representa seguiría existiendo de alguna manera, aunque Inglaterra —o incluso Alemania— administrara el país. En otras palabras, Francia pierde cada año en su población nacional una colonia equivalente a Túnez —si medimos las colonias en términos de comunidades formadas por la raza que ha surgido de la metrópoli—. Y, sin embargo, si una vez por generación sus gobernantes y diplomáticos pueden señalar a 25.000 franceses que viven de forma artificial y exótica en condiciones que a la larga deben ser enemigas de su raza, se presenta como «expansión» y como prueba de que Francia mantiene su posición como gran potencia. En pocos años, históricamente hablando, a menos que se produzca un cambio completo en unas tendencias que actualmente parecen tan fuertes como siempre, la raza francesa, tal como la conocemos, habrá dejado de estar presente, anegada sin que se dispare, tal vez, un solo tiro, por alemanes, belgas, ingleses, italianos y judíos. Hoy en día hay más alemanes en Francia que franceses en todas las colonias que Francia ha adquirido en el último medio siglo, y el comercio alemán con Francia supera enormemente al comercio de Francia con todas las colonias francesas. Hoy en día, Francia es una colonia mejor para los alemanes de lo que ellos podrían hacer con cualquier colonia exótica que posea Francia. «Me *cuentan* —decía recientemente un diputado francés (en un *mot* no del todo original)— que los germanos están en Agadir. Yo *sé* que están en los Campos Elíseos». Lo cual, por supuesto, es en realidad un asunto mucho más grave. Por otra parte, debemos suponer que Alemania, durante el periodo de expansión de Francia —desde la guerra—, no se ha expandido en absoluto. Que ha sido estrangulada y encorsetada, que no ha tenido su lugar bajo el sol; y por eso tiene que luchar por él y poner en peligro la seguridad de sus vecinos. Bien, os planteo de nuevo que todo esto es en realidad falso: que Alemania no ha sido encorsetada ni estrangulada; que, por el contrario, como reconocemos cuando nos alejamos del espejismo del mapa, su expansión ha sido la maravilla del mundo. Ha sumado veinte millones a su población —la mitad de la población actual de Francia— durante un periodo en el que la población francesa ha disminuido de hecho. De todas las naciones de Europa, es la que ha cortado el trozo más grande en el desarrollo del comercio mundial, la industria y la influencia. A pesar de que no se ha «expandido» en el sentido de mera dominación política, una proporción de su población, equivalente a la población blanca de todo el Imperio colonial británico, se gana la vida, o la mejor parte de ella, gracias al desarrollo y la explotación de territorios situados fuera de sus fronteras. Estos datos no son nuevos, han sido el texto de miles de sermones políticos predicados en la propia Inglaterra durante los últimos años; pero una parte de su significado parece haberse pasado por alto. Obtenemos, por tanto, lo siguiente: por un lado, una nación que amplía enormemente su dominio político y que, sin embargo, disminuye en fuerza nacional —si por fuerza nacional entendemos el crecimiento de un pueblo robusto, emprendedor y vigoroso—. (No niego que Francia sea a la vez rica y acomodada, en un grado quizás mayor que su rival; pero esa es otra historia). Por otro lado, obtenemos una inmensa expansión expresada en términos de aquellas cosas —una población creciente y vigorosa, y la posibilidad de alimentarla— y, sin embargo, el dominio político, hablando en términos prácticos, apenas se ha ampliado en absoluto. Tal estado de cosas, si la jerga común de la alta política significa algo, es absurdo. Le quita casi todo el sentido a la mayor parte de lo que oímos sobre las «necesidades primordiales» y lo demás. De hecho, tocamos aquí una de las confusiones vitales que se encuentra en la base de la mayor parte de los actuales problemas políticos entre las naciones, y que demuestra el poder de las viejas ideas y de la vieja fraseología. En los tiempos del velero y del pesado carro que avanzaba lentamente por caminos poco menos que impracticables, para que un país obtuviera un beneficio considerable de otro tenía prácticamente que administrarlo políticamente. Pero la máquina de vapor compuesta, el ferrocarril y el telégrafo han modificado profundamente los elementos de todo el problema. En el mundo moderno, el dominio político desempeña un papel cada vez más difuminado como factor en el comercio; los factores no políticos lo han vuelto en la práctica poco menos que inoperante. Ocurre con todas las naciones modernas, de hecho, que los territorios exteriores que explotan con más éxito son precisamente aquellos de los que no «poseen» ni un palmo. Incluso en el caso del más característicamente colonial de todos —Gran Bretaña—, la mayor parte de su comercio de ultramar se realiza con países que no intenta «poseer», controlar, coaccionar o dominar en absoluto —y, incidentalmente, ha dejado de hacer cualquiera de esas cosas con sus colonias—. Millones de alemanes en Prusia y Westfalia obtienen beneficios o se ganan la vida en países a los que su dominio político no se extiende en absoluto. El alemán moderno explota Sudamérica quedándose en casa. Allí donde, abandonando este principio, intenta trabajar a través del poder político, roza la inutilidad. Las colonias alemanas son colonias *pour rire*. El Gobierno tiene que sobornar a los alemanes para que vayan a ellas; su comercio con ellas es microscópico; y si los veinte millones que se han sumado a la población de Alemania desde la guerra hubieran tenido que depender de la conquista política de su país, se habrían muerto de hambre. Lo que los alimenta son países que Alemania nunca ha «poseído» y nunca espera «poseer»: Brasil, Argentina, Estados Unidos, India, Australia, Canadá, Rusia, Francia e Inglaterra. (Alemania, que nunca gastó un marco en su conquista política, extrae hoy más tributo de Sudamérica que España, que ha vertido montañas de tesoros y océanos de sangre en su conquista). Estas son las verdaderas colonias de Alemania. Sin embargo, los inmensos intereses que representan, de una preocupación verdaderamente primordial para Alemania, sin los cuales tanta gente suya se quedaría literalmente sin comida, son para los diplomáticos y los soldados unos intereses totalmente secundarios; el inmenso comercio que representan no le debe nada al diplomático, a los incidentes de Agadir, a los *Dreadnoughts*: es la obra sin ayuda de nadie del comerciante y del fabricante. Todo este conflicto y rivalidad diplomática y militar, este derroche de riqueza, la indecible inmundicia que Trípoli está revelando, se reservan para cosas que ambos bandos de la disputa podrían sacrificar, no solo sin pérdida, sino con beneficio. Y Italia, cuyos estadistas han sido fieles a todos los viejos «axiomas» (¡válgame el cielo!), lo descubrirá con bastante rapidez. Incluso sus defensores ya no insisten en que pueda derivar ningún beneficio real de esta colosal ineptitud. ¿No es hora ya de que el ciudadano de a pie —verdaderamente, creo, menos engañado por la jerga diplomática que sus superiores, menos esclavo de una fraseología obsoleta— exija que los expertos de las altas esferas adquieran cierto sentido de la realidad de las cosas, de las proporciones, cierto sentido de las cifras, un poco de conocimiento de la historia industrial y de los procesos reales de la cooperación humana?
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Capítulo I. Exposición de los argumentos económicos a favor de la guerra
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