Pero estos elementos inestimables nunca por sí mismos han resuelto diferencias reales; tan solo hacen posibles los demás factores de ajuste. ¿Por qué se habría de esperar que la cortesía y la buena camaradería resuelvan graves diferencias políticas entre ingleses y alemanes cuando fracasan por completo a la hora de resolver tales diferencias entre ingleses e ingleses? ¿Qué diríamos de un estadista que pretendiera hablar en serio si sugiriera que todo irá bien entre el presidente Wilson y los lobbies en lo tocante al arancel, entre los demócratas y los republicanos sobre el proteccionismo, entre el millonario y el jornalero en la cuestión del impuesto sobre la renta, y mil y un asuntos más; que todos estos intrincados problemas desaparecerían con solo persuadir a los respectivos protagonistas de que almuercen juntos? ¿No es un tanto infantil?
Sin embargo, he de admitir que toda una escuela de personas que se ocupan de los problemas internacionales pretenden hacernos creer que todas las diferencias internacionales desaparecerían con solo organizar suficientes banquetes, cenas, visitas recíprocas de clérigos y cosas por el estilo.
Estas cosas son de inmensa utilidad en la medida en que facilitan el debate y la clarificación de la política en la que la rivalidad tiene su origen, y solo hasta ese punto.
Pero si no son vehículos de comprensión intelectual, si los participantes se marchan con tan poca comprensión de los factores y la naturaleza de las relaciones internacionales como la que tenían antes de que dichos encuentros tuvieran lugar, no habrán servido absolutamente para nada.