emigrar, sí que piensan en ello seriamente, y entonces la cosa cambia; no elige el África Ecuatorial ni China; se va a los Estados Unidos, que sabe que son un país mucho mejor para establecer su hogar de lo que los Camerún o Kiau Chau podrían ser jamás. En verdad, en el caso de la propia Inglaterra, ¿no son ciertos países extranjeros mucho más sus verdaderas colonias para sus hijos del futuro que cierto territorio bajo su propia bandera? ¿No encontrarán sus hijos mejores condiciones y más afines, no construirán más fácilmente verdaderos hogares en Pensilvania, que es «extranjera», que en Bombay, que es «británica»?
Por supuesto, si mediante la mera conquista militar fuera posible convertir a unos Estados Unidos o incluso a un Canadá en una Alemania real —de lengua, derecho y literatura alemanes—, la cuestión adquiriría otro aspecto.
Pero los hechos tratados en el último capítulo demuestran que ha pasado el tiempo para la conquista de esa forma. Deben emplearse medios muy distintos. El conquistador alemán del futuro tendría que decir con Napoleón:
«Llego demasiado tarde. Las naciones están demasiado firmemente asentadas».
Aun cuando los ingleses, los mayores colonizadores del mundo, conquistan un territorio como Transvaal o el Estado Libre de Orange, no les queda más remedio, tras haberlo conquistado, que permitir que su propia ley, su propia literatura y su propia lengua tengan plena libertad, tal como si la conquista nunca hubiera tenido lugar.
Este fue incluso el caso de Quebec hace más de cien años, y Alemania tendrá que regirse por una norma similar. Al día siguiente de la conquista tendría que proceder a establecer su verdadera supremacía por medios distintos a los militares —algo que es libre de hacer hoy, si puede—.