Al principio del siglo XX, Gran Bretaña era un país libre, rico y feliz, en el que cada ciudadano, desde el primer ministro hasta el obrero portuario, se enorgullecía de ser miembro de una nación que gobernaba el mundo. A la cabeza del Estado se encontraban hombres que poseían un mandato general para llevar a cabo su programa de gobierno, cuyas acciones estaban sujetas a la crítica de la opinión pública, representada por una prensa independiente. Educada durante siglos en el autogobierno, había crecido una raza que parecía nacida para mandar. Los más altos triunfos acompañaban la habilidad de Inglaterra en el arte del gobierno, en su manejo de los pueblos sometidos... ¡Y este inmenso Imperio, que se extendía desde El Cabo hasta El Cairo, sobre la mitad meridional de Asia, sobre la mitad de América del Norte y el quinto continente, podría ser borrado del mapa del mundo en menos de veinticuatro horas! Este hecho, en apariencia inexplicable, resultará comprensible si tenemos presentes las circunstancias que hicieron posible la construcción del poderío colonial de Inglaterra. La verdadera base de su supremacía mundial no fue su propia fuerza, sino la debilidad marítima de todas las demás naciones europeas. Su falta casi total de preparativos navales había otorgado a los ingleses una posición de monopolio que estos aprovecharon para la anexión de todos aquellos dominios que parecían de valor. Si hubiera estado en el poder de Inglaterra mantener al resto del mundo tal como era en el siglo XIX, el Imperio británico podría haber continuado por tiempo indefinido. El despertar de los Estados continentales a sus posibilidades nacionales y a su independencia política introdujo factores totalmente nuevos en la *Weltpolitik*, y era solo una cuestión de tiempo saber cuánto tiempo podría Inglaterra mantener su posición frente a las circunstancias cambiantes.
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Capítulo I. Exposición de los argumentos económicos a favor de la guerra
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