en un día festivo como para un festival para ver a un hermoso niño quemado vivo por una fe que, como decía lastimeramente, había mamado con la leche de su madre.
¿Cuánto tiempo nos separa de aquella escena? Vaya, ni las vidas de tres personas de edad ordinaria. ¿Y cuánto tiempo después de esa escena —la cual no fue un incidente aislado de tipo infrecuente, sino un asunto muy cotidiano, típico de las ideas y los sentimientos de la época en que tuvo lugar— pasó antes de que su repetición se volviera una imposibilidad práctica?
No pasaron cien años. Fue representada en 1680, y en el espacio de una breve vida el mundo supo que jamás volvería a ser quemado vivo un niño como resultado de la condena legal de un tribunal debidamente constituido, y como un festival público, presenciado por el rey, los nobles y el pueblo, en una de las grandes ciudades de Europa.
O bien, ¿aquellos que hablan de "una naturaleza humana inmutable" y de "miles de años" alegan realmente que corremos el peligro de que se repita semejante escena? En ese caso, nuestra tolerancia religiosa es un error. Los protestantes corren el peligro de sufrir tales torturas y deberían armarse con el viejo arsenal del combate religioso —el potro, el tornillo de banco, la doncella de hierro y lo demás— como una mera medida de protección.
"Los hombres son criaturas salvajes y sedientas de sangre, y lucharán por una palabra o una señal", nos dice el Spectator, cuando su patriotismo está de por medio. Bien, hasta ayer era igual de cierto decir eso de ellos cuando su religión estaba de por medio. El patriotismo es la religión de la política. Y como uno de los más grandes historiadores de las ideas religiosas ha señalado, la religión y el patriotismo son las principales influencias morales que mueven a las grandes masas de hombres, y "casi puede decirse que las modificaciones separadas y la mutua interacción de estos dos agentes constituyen la historia moral de la humanidad".10