furia por el lujo, etc., que se apoderan de la Alemania moderna, y habló de cómo estaban desapareciendo las viejas cualidades que habían caracterizado a los fundadores del Imperio?29
En efecto, ¿no lamenta acaso gran parte de las clases dirigentes de Alemania casi a diario la infiltración de doctrinas antimilitaristas entre el pueblo alemán, y no justifica la queja el extraordinario aumento del voto socialista?
Una súplica exactamente análoga es la que formula el escritor nacionalista en Francia cuando arremete contra las tendencias pacifistas de su propio país, y señala las actividades belicosas y contrastantes de las naciones vecinas.
Un vistazo a un ejemplar de prácticamente cualquier periódico nacionalista o conservador en Francia proporcionará amplia evidencia de esto. Difícilmente pasa un día sin que el Echo de Paris, el Gaulois, el Figaro, el Journal des Débats, la Patrie o la Presse toquen esta nota, mientras que uno puede hallarla desenfrenada en las obras de escritores tan serios como Paul Bourget, Faguet, Le Bon, Barrès, Brunetière, Paul Adam, por no hablar de publicistas más populares como Déroulède, Millevoye, Drumont, etc.
Todos estos defensores de la guerra, por tanto —estadounidenses, ingleses, alemanes, franceses—, coinciden en declarar que los países extranjeros son muy belicosos, pero que su propio país, «sumido en la desidia», se está alejando de la guerra. Como cabe suponer que saben más de su propio país que de los demás, su propio testimonio implica la destrucción mutua de sus propias teorías. Son, por tanto, testigos involuntarios de la verdad, que es que todos somos iguales —ingleses, estadounidenses, alemanes, franceses—, perdiendo el impulso psicológico hacia la guerra, del mismo modo que