que brinda protección a los súbditos británicos en Suiza. Donde, en verdad, el súbdito británico tiene que depender de la fuerza de su Gobierno para su protección, se trata de una protección muy frágil en realidad, porque en la práctica el uso de esa fuerza es tan engorroso, tan difícil, tan costoso, que cualquier otro medio es preferible a ella.
Cuando el viajero en Grecia tenía que depender de las armas británicas, por grande que fuera relativamente la fuerza de esas armas, resultó ser una protección muy frágil.
Del mismo modo, cuando se utilizó la fuerza física para imponer a los Estados sudamericanos y centroamericanos la observancia de sus obligaciones financieras, tales esfuerzos fracasaron rotunda y miserablemente; tan miserablemente que la Gran Bretaña acabó por renunciar a cualquier intento de tal imposición.
¿Qué otros medios han tenido éxito? El de someter a esos países a la influencia de las grandes corrientes económicas de nuestro tiempo, de modo que hoy la propiedad es infinitamente más segura en Argentina de lo que era cuando las cañoneras británicas bombardeaban sus puertos. Cada vez más, en las relaciones internacionales, se emplea el motivo puramente económico —y el motivo económico es solo uno de varios posibles— para reemplazar el uso de la fuerza física.
Austria, el otro día, se encontraba libre de cualquier amenaza del empleo del ejército turco cuando se consumó la anexión de Bosnia y Herzegovina, pero cuando la población turca impuso un boicot comercial muy exitoso a los productos austriacos y a los barcos austriacos, los comerciantes austriacos y la opinión pública le dejaron claro rápidamente al Gobierno austriaco que una presión de esta naturaleza no podía ser ignorada.