que el conquistador sea víctima de las mismas desventajas de las que esperaba sacar provecho mediante un proceso de expoliación.
Pero la verdad de que la fuerza económica siempre, a la larga, supera a la fuerza física o militar se ilustra con el simple hecho del uso universal del dinero: el hecho de que el uso del dinero no es algo que elijamos o de lo que podamos deshacernos, sino algo impuesto por la operación de fuerzas más fuertes que nuestra voluntad, más fuertes que la tiranía del tirano más cruel que jamás haya reinado a sangre y fuego.
Creo que es una de las cosas más asombrosas, para el hombre que se acerca al estudio de la historia con una mente bastante despejada, el hecho de que los déspotas más absolutos —hombres que pueden disponer de la vida de sus súbditos con una plenitud y una despreocupación de las que el mundo occidental moderno no ofrece parangón— no puedan dominar el dinero.
Uno se pregunta, en verdad, por qué un gobernante tan absoluto, capaz como es, por la pura fuerza de su posición y por el puro vigor de su poder, de tomar todo lo que existe en su reino, y capaz como es de exigir todo tipo y carácter de servicio, necesita dinero, que es el medio para obtener bienes o servicios mediante un intercambio libremente consentido. Sin embargo, como sabemos, es precisamente, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos, el déspota más absoluto el que a menudo se encuentra más apurado financieramente.56
¿No es esta una demostración de que, en realidad, la fuerza física opera solo dentro de límites muy estrechos? No es mera retórica, sino la fría verdad, decir que bajo el absolutismo es cosa sencilla arrebatar la vida a los hombres, pero a menudo imposible conseguir dinero. Y cuanto más, al parecer, se ejercía la fuerza física, más difícil se hacía el control del dinero.