Pero en ese minuto se produjo un último y terrible estruendo. Debían de haber chocado contra una de las figuras con armadura, pues cayó al suelo con un ruido ensordecedor. Virginia distinguió vagamente a una figura que saltaba hacia la ventana y, al mismo tiempo, oyó a Bill maldiciendo y librándose de los fragmentos de la armadura.
Por primera vez, abandonó su puesto y corrió desesperadamente hacia la figura en la ventana.
Pero la ventana ya estaba descerrajada. El intruso no tuvo necesidad de detenerse a buscar el pestillo a tientas. Saltó al exterior y huyó a toda velocidad por la terraza y alrededor de la esquina de la casa.
Virginia salió tras él en una carrera furiosa. Era joven y atlética, y dobló la esquina de la terraza pocos segundos después de su presa.
Pero allí fue a dar de bruces contra los brazos de un hombre que salía de una pequeña puerta lateral. Era el señor Hiram P. Fish.
—¡Caramba! Es una dama —exclamó—. Vaya, le ruego que me disculpe, señora Revel. La tomé por uno de los matones que huyen de la justicia.
—Ha pasado por aquí hace un instante —exclamó Virginia sin aliento—. ¿No podemos alcanzarlo?
Pero, aun mientras hablaba, supo que ya era demasiado tarde. El hombre ya debía de haber llegado al parque, y era una noche oscura y sin luna. Desanduvo sus pasos hacia la Cámara del Consejo, con el señor Fish a su lado, disertando en un tono monótono y tranquilizador sobre los hábitos de los ladrones en general, de los cuales parecía tener una vasta experiencia.
Lord Caterham, Bundle y varios criados aterrorizados estaban de pie en el umbral de la Cámara del Consejo.