«¡Bah! —rió el otro—. ¿Crees que alguna vez se te permitirá llegar vivo a esa oficina? Se acabó esta charla de necios. Entrega los papeles o disparo».
Sacó un revólver del bolsillo y lo blandió en el aire.
Pero ahí calculó mal a su Anthony Cade. No estaba acostumbrado a hombres que pudieran actuar tan rápido —o más rápido— de lo que podían pensar. Anthony no esperó a que le apuntaran con el revólver. Casi en cuanto el otro lo sacó del bolsillo, Anthony se había lanzado hacia adelante y se lo había de un golpe de la mano. La fuerza del golpe hizo girar al hombre, de modo que le dio la espalda a su agresor.
La oportunidad era demasiado buena como para dejarla pasar. Con una potente y bien dirigida patada, Anthony mandó al hombre volando a través de la puerta hacia el corredor, donde se desplomó hecho un ovillo.
Anthony salió tras él, pero el valiente Camarada de la Mano Roja ya había tenido bastante. Se puso ágilmente en pie y huyó por el pasillo. Anthony no lo persiguió, sino que volvió a entrar en su propia habitación.
—Y se acabaron los Camaradas de la Mano Roja —comentó—. Aspecto pintoresco, pero fáciles de derrotar con acción directa. ¿Cómo demonios habrá entrado ese tipo, me pregunto? Hay algo que salta bastante a la vista: esto no va a ser un trabajo tan fácil como pensaba. Ya me he atizado con los partidos Lealistas y Revolucionarios. Pronto, supongo, los Nacionalistas y los Liberales Independientes enviarán una delegación. Una cosa es segura. Empiezo con ese manuscrito esta noche.
Mirándose el reloj, Anthony descubrió que eran casi las nueve, y decidió cenar allí mismo. No esperaba más visitas sorpresa, pero sentía que le correspondía estar en guardia. No tenía intención de permitir que le registraran la maleta mientras estuviera abajo, en el Grill Room.