Then, at a sudden sound behind him, he wheeled round sharply.
A man was standing in the doorway, the kind of man whom Anthony had fondly imagined existed only in the chorus of a Comic Opera.
A sinister-looking figure, with a squat brutal head and lips drawn back in an evil grin.
—¿Qué diablos haces aquí? —preguntó Anthony—. ¿Y quién te ha dejado subir?
—Paso por donde me plazca —dijo el desconocido. Su voz era gutural y extranjera, aunque su inglés era bastante idiomático.
“Otro dago”, pensó Anthony.
—Bueno, ¡fuera de aquí, me oyes?, —continuó en voz alta.
Los ojos del hombre estaban fijos en el paquete de cartas que Anthony había arrebatado.
“Saldré cuando me hayas dado aquello a lo que he venido”.
—¿Y qué es eso, si se me permite preguntar?
El hombre dio un paso más cerca.
—Las memorias del conde Stylptitch —siseó.
—Es imposible tomarte en serio —dijo Anthony—. Eres tan completamente el villano de melodrama. Me gusta mucho tu disfraz. ¿Quién te mandó aquí? ¿El barón Piruleta?
“¿Barón ⸻?”
El hombre soltó de golpe una retahíla de consonantes de sonido áspero.