Siguió subiendo por la entrada de coches. Al poco rato, al curvarse la calzada, se deslizó entre los arbustos y continuó así su camino sin ser visto desde la casa.
De repente se quedó quieto, oteando a través de las hojas. A cierta distancia, un perro ladraba, pero fue un sonido más cercano el que había atraído la atención de Anthony.
Su agudo oído no se había equivocado.
Un hombre dobló rápidamente la esquina de la casa, un hombre bajo, cuadrado, fornido y de aspecto extranjero. No se detuvo, sino que siguió caminando con paso firme, dando la vuelta a la casa y desapareciendo de nuevo.
Anthony asintió para sus adentros.
“Centinela”, murmuró. “Hacen las cosas bastante bien”.
Tan pronto como hubo pasado, Anthony continuó, desviándose hacia la izquierda, y siguiendo así las huellas del centinela.
Sus propios pasos eran totalmente silenciosos.
La pared de la casa quedaba a su derecha, y al poco llegó al lugar donde una amplia mancha de luz caía sobre el camino de grava. Se oía claramente el murmullo de varios hombres conversando.
“¡Dios mío! Qué idiotas rematados”, murmuró Anthony para sus adentros. “Bien se merecerían que les dieran un buen susto”.
Se acercó furtivamente a la ventana, agachándose un poco para que no lo vieran.