—Eso es muy extraordinario —dijo Anthony—. La Cámara del Consejo otra vez. ¿Entraron de esa manera?
—Se supone, señor, que forzaron la ventana.
Satisfecho por el interés que su información había despertado, Tredwell reanudó su retirada, pero se detuvo en seco con una digna disculpa.
—Le ruego me disculpe, señor. No le oí entrar y no sabía que estaba de pie justo detrás de mí.
El señor Isaacstein, que había sido víctima del impacto, saludó con la mano de manera amistosa.
—No hay daño alguno, buen hombre. Le aseguro que no hay daño alguno.
Tredwell se retiró con aspecto despectivo, e Isaacstein avanzó y se dejó caer en un sillón orejero.
—Hola, Cade, con que has vuelto. ¿Te has enterado de todo sobre el pequeño espectáculo de anoche?
—Sí —dijo Anthony—. Un fin de semana bastante emocionante, ¿no?
—Imagino que lo de anoche fue obra de gente del lugar —dijo Isaacstein—. Parece un asunto torpe y de aficionados.
—¿Hay alguien por aquí que coleccione armaduras? —preguntó Anthony—. Parece una afición curiosa para elegir.
—Muy curioso —convino el señor Isaacstein. Hizo una pausa de un minuto y luego dijo lentamente—: Toda la situación aquí es muy desafortunada.
Había algo casi amenazante en su tono.