El 13 de octubre (Continuación.)
El reloj de la Cámara del Consejo dio las nueve.
—Bueno —dijo Lord Caterham con un profundo suspiro—. Aquí están todos, como el rebaño de la pequeña Bo Peep, de vuelta y meneando la colita.
Miró tristemente al rededor de la habitación.
—Organillo con mono incluido —murmuró, clavando los ojos en el barón—. El meticuches de Throgmorton Street...
—Creo que eres bastante desagradable con el barón —protestó Bundle, a quien le estaban vertiendo estas confidencias—. Me dijo que te consideraba el ejemplo perfecto de la hospitalidad inglesa entre la haute noblesse.
—Eso me temo —dijo lord Caterham—. Siempre está diciendo cosas por el estilo. Hablar con él resulta de lo más agotador. Pero puedo asegurarles que ya no soy ni de lejos el bondadoso y hospitalario caballero inglés que solía ser. En cuanto pueda, le alquilaré Chimneys a algún estadounidense emprendedor y me iré a vivir a un hotel. Allí, si alguien te molesta, basta con pedir la cuenta y marcharte.
—Anímate —dijo Bundle—. Parece que hemos perdido al señor Fish para siempre.
—Siempre me ha parecido bastante divertido —dijo Lord Caterham, que estaba de humor contradictorio—. Es ese precioso jovencito vuestro el