franqueza y sin rodeos que, si intenta traerlo usted mismo, hay diez contra uno de que nunca llegará aquí”.
—Lo dudo —dijo Anthony—. Cuando quiero llegar a alguna parte, normalmente lo consigo.
“Se enfrenta usted a un grupo de personas muy peligroso. Yo mismo no lo habría creído hace un mes. Se lo digo yo, señor McGrath, nos han sobornado, amenazado y adulado unos y otros hasta el punto de que ya no sabemos si estamos de cabeza o de pies.
Mi sugerencia es que no intente traer el manuscrito aquí. Uno de los nuestros pasará a verle por el hotel para hacerse cargo de él”.
—¿Y si la banda se lo carga? —preguntó Anthony.
“La responsabilidad sería entonces nuestra, no suya. Usted se lo habría entregado a nuestro representante y habría obtenido un descargo por escrito. El cheque por —ejem— mil libras que tenemos instrucciones de entregarle no estará disponible hasta el próximo miércoles, según los términos de nuestro acuerdo con los albaceas del difunto —ejem— autor... ya sabe a quién me refiero, pero si insiste, le enviaré mi propio cheque por esa cantidad con el mensajero”.
Anthony reflexionó durante uno o dos minutos. Había tenido la intención de conservar las memorias hasta el último día de gracia, ya que estaba deseoso de ver por sí mismo de qué se trataba tanto alboroto. Sin embargo, comprendió la fuerza de los argumentos del editor.
—Está bien —dijo, con un pequeño suspiro—. Que sea como usted quiera. Mande a su hombre. Y si no le importa enviar también ese cheque, preferiría tenerlo ahora, ya que tal vez salga de Inglaterra antes del próximo miércoles.
—Ciertamente, señor McGrath. Nuestro representante le visitará a primera hora de mañana por la mañana. Será más prudente no enviar a