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nydus/The Secret of ChimneysPublic
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VI. El tierno arte del chantaje

George Lomax se limitó a negar con la cabeza, y al aparecer Chilvers en ese momento con la tetera, se libró de tener que expresar sus indignados sentimientos.

Cuando trajeron el té y los hábiles dedos de Virginia manejaban la pesada tetera de plata, volvió a hablar sobre el asunto.

“También tenía otro motivo, George, uno mejor y más brillante. Por lo general se supone que las nosotras las mujeres somos unas víboras, pero al menos le había hecho un favor a otra mujer esta tarde. No es probable que este hombre se vaya por ahí a buscar a otra Virginia Revel. Cree que ha encontrado a su pájaro y punto. Pobre infeliz, estaba acojonada cuando escribió esa carta. El señor chantajista habría tenido ahí el trabajo más fácil de su vida. Ahora bien, aunque él no lo sepa, se enfrenta a un hueso duro de roer. Partiendo con la gran ventaja de haber llevado una vida irreprochable, jugaré con él hasta su perdición, como dicen en los libros. Astucia, George, mucha astucia”.

George seguía negando con la cabeza.

—No me gusta —insistió—. No me gusta.

—Bueno, no importa, querido George. No viniste aquí a hablar de chantajistas. ¿A qué viniste, por cierto? Respuesta correcta: «¡A verte a ti!». Énfasis en el ti, y aprétale la mano con significado a menos que te dé por haber estado comiendo magdalenas con mucha mantequilla, en cuyo caso todo debe hacerse con los ojos.

—Sí vine a verte —respondió George con seriedad—. Y me alegra encontrarte a solas.

—Oh, George, esto es muy repentino —dice ella, tragándose una pasa de uva.

—Quería pedirte un favor. Siempre te he considerado, Virginia, una mujer de considerable encanto.

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