pero durante todo el tiempo que estuvo comiendo la excelente comida que Giuseppe le había servido, estuvo pensando rápidamente.
¿Se había equivocado? ¿Era el interés de Giuseppe por el paquete una simple curiosidad ordinaria? Podría ser así, pero recordando la intensidad febril de la emoción del hombre, Anthony descartó esa teoría. Aun así, estaba desconcertado.
—Maldita sea —se dijo Anthony para sus adentros—, no todo el mundo va a ir tras el maldito manuscrito. Quizá me esté haciendo pajas mentales.
Concluida la cena y recogida la mesa, se dispuso a leer las memorias. Debido a la ilegibilidad de la letra del difunto conde, la tarea resultó lenta.
Los bostezos de Anthony se sucedieron con una rapidez sospechosa. Al final del cuarto capítulo, lo dejó.
Hasta el momento, las memorias le habían parecido insufriblemente aburridas, sin el menor rastro de escándalo de ningún tipo.
Recogió las cartas y el envoltorio del manuscrito que yacían juntos en un montón sobre la mesa y los encerró en la maleta.
Luego echó la llave a la puerta y, como precaución adicional, puso una silla contra ella. Encima de la silla colocó la botella de agua del baño.
Contemplando estos preparativos con cierto orgullo, se desnudó y se metió en la cama. Le dio un último vistazo a las memorias del conde, pero sintió que se le cerraban los párpados y, metiendo el manuscrito bajo la almohada, apagó la luz y se durmió casi al instante.
Debían de haber pasado unas cuatro horas cuando se despertó con un sobresalto. Qué lo había despertado no lo sabía—tal vez un ruido, tal vez