qué joven tan refinado era, y cómo no le importaba despilfarrar medio dólar en helado y ostras para celebrar su ingreso como dependiente en el departamento de lanas de Macy’s. Antes de que terminara, comencé a pintar, y ella retomó la pose, sonriendo y parloteando como un gorrión. Al mediodía tenía el estudio bastante avanzado y Tessie se acercó a mirarlo.
—Mucho mejor —dijo ella.
Yo también lo pensaba, y almorcé con la placentera sensación de que todo marchaba bien.
Tessie extendió su almuerzo en una mesa de dibujo frente a mí, bebimos nuestro clarete de la misma botella y encendimos nuestros cigarrillos con el mismo fósforo.
Yo le tenía mucho cariño a Tessie. La había visto convertirse en una mujer esbelta, de formas exquisitas, a partir de una niña frágil y desgarbada. Había posedo para mí durante los últimos tres años y, de entre todas mis modelos, era mi favorita.
Me habría disgustado muchísimo que se hubiera vuelto «dura» o «astuta», según la expresión corriente, pero nunca observé ningún empeoramiento en sus modales, y en el fondo sentía que ella estaba bien.
Ella y yo nunca discutíamos de moral en absoluto, y yo no tenía la menor intención de hacerlo, en parte porque yo mismo carecía de ella, y en parte porque sabía que haría lo que le viniera en gana a pesar de mí.
Aun así, esperaba que se mantuviera al margen de complicaciones, porque le deseaba lo mejor y, además, tenía el deseo egoísta de conservar a la mejor modelo que tenía.
Sabía que el flirteo, como ella lo llamaba, no tenía ninguna importancia para chicas como Tessie, y que tales cosas en América no se parecían en lo