Arriba y abajo los pedales lo perseguían, mientras los teclados bramaban su aprobación. ¡Pobre diablo! quienquiera que fuese, ¡parecía haber pocas esperanzas de escapar!
Mi nerviosa contrariedad se tornó en enfrazo. ¿Quién estaba haciendo eso? ¿Cómo se atrevía a tocar así en medio del divino servicio?
Miré a la gente que tenía cerca: ni una sola persona parecía estar lo más mínimo perturbada. Las apacibles frentes de las monjas arrodilladas, todavía vueltas hacia el altar, no perdían nada de su devota abstracción bajo la pálida sombra de sus tocados blancos.
La elegante dama a mi lado miraba con expectación a Monseñor C⸺. Por lo que delataba su rostro, el órgano bien podría haber estado cantando un Ave María.
Pero ahora, por fin, el predicador había hecho la señal de la cruz y ordenado silencio. Me volví hacia él con alegría. Hasta entonces no había hallado el reposo con el que contaba cuando entré en Saint-Barnabé aquella tarde.
Me encontraba agotado por tres noches de sufrimiento físico y zozobra mental; la última había sido la peor, y fue un cuerpo extenuado, junto con una mente a la vez aletargada y agudamente sensible, lo que había llevado a mi iglesia favorita en busca de sanación. Pues había estado leyendo El rey de amarillo.
“The sun ariseth; they gather themselves together and lay them down in their dens.” Monseigneur C⸺ delivered his text in a calm voice, glancing quietly over the congregation. My eyes turned, I knew not why, toward the lower end of the church. The organist was coming from behind his pipes, and passing along the gallery on his way out, I saw him disappear by a small door that leads to