Se trató de averiguar cómo ver a Rue Barrée. Estaba en alguna parte de aquella gran casa de balcones de hierro, y la puerta estaba con llave, ¿pero qué importaba eso? Se le ocurrió la simple idea de gritar hasta que apareciera. Esta idea fue reemplazada por otra igualmente lúcida: aporrear la puerta hasta que apareciera; pero, rechazando finalmente ambas por considerarlas demasiado dudosas, decidió trepar al balcón y, abriendo una ventana, preguntar amablemente por Rue Barrée.
No había más que una ventana iluminada en la casa que pudiera ver.
Estaba en el segundo piso, y hacia ella dirigió la mirada. Luego, montando en la barrera de madera y trepando por los montones de piedras, llegó a la acera y miró hacia arriba a la fachada en busca de un punto de apoyo. Parecía imposible. Pero una súbita furia se apoderó de él, una obstinación ciega y ebria, y la sangre le acudió a la cabeza, saltando, latiendo en sus oídos como el trueno sordo de un océano.
Apretó los dientes y, saltando hacia el