alféizar de la ventana y, arrodillándose, desmigajó un panecillo en el cuenco de su mano.
La criatura se levantó y se arrastró hacia el platillo.
Con el mango de una espátula removió las migas con la leche y retrocedió cuando ella metió el hocico en el revoltijo.
La observó en silencio. De vez en cuando el platillo tintineaba contra el suelo de baldosas mientras ella alcanzaba un bocado en el borde; y por fin el pan se acabó del todo, y su lengua morada recorrió cada rincón sin lamer hasta que el platillo relució como mármol pulido.
Entonces se sentó y, dándole la espalda con total frescura, comenzó sus abluciones.
«Sigue así», dijo Severn, muy interesado, «lo necesitas».
Aplanó una oreja, pero no se volvió ni interrumpió su aseo. A medida que la mugre iba desapareciendo lentamente, Severn observó que la naturaleza la había concebido como una gata blanca. Su pelaje había desaparecido a manchones, a causa de la enfermedad o de los azotes de la guerra, su rabo era huesudo y su espina dorsal, aguda. Pero los encantos que poseía se hacían patentes bajo sus enérgicos lametones, y él esperó a que terminara antes de reanudar la conversación.
Cuando por fin cerró los ojos y plegó las patas delanteras bajo el pecho, él comenzó de nuevo con mucha suavidad:
«Minina, cuéntame tus penas».
Al sonido de su voz, ella prorrumpió en un ronquido áspero que él reconoció como un intento de ronronear. Se inclinó para frotarle la mejilla y ella volvió a maullar, un maullido amable, pequeño y curioso, al que él respondió: «Desde luego, estás mucho mejor, y cuando recuperes