Me desperté a la mañana siguiente con la música de la trompa en los oídos, y saltando de la antigua cama, me acerqué a una ventana con cortinas por cuyos pequeños cristales hondamente encajados se filtraba la luz del sol. La trompa cesó cuando miré hacia el patio de abajo.
Un hombre que bien podría haber sido hermano de los dos halconeros de la noche anterior se encontraba en medio de una jauría de sabuesos.
Un cuerno curvo cruzaba su espalda con correas, y en la mano sostenía un látigo de larga argolla. Los perros gimoteaban y aullaban, danzando a su alrededor con expectación; también se oía el taconear de los caballos en el patio amurallado.
«¡Montad!», gritó una voz en bretón, y con un repiquetear de cascos los dos halconeros, con los halcones en los puños, entraron al galope en el patio entre los sabuesos. Entonces oí otra voz que hizo que la sangre me latiera con fuerza en el corazón: «Piriou Louis, azuza bien a los perros y no ahorres ni espuela ni fusta. Tú, Raoul, y tú, Gaston, procurad que el epervier no se muestre niais, y si a vuestro juicio es lo mejor, faites courtoisie à l’oiseau. Jardiner un oiseau, como el muda que está en el puño de Hastur, no es difícil, pero a ti, Raoul, puede resultarte no tan sencillo dominar a ese hagard. Dos veces la semana pasada espumeó au vif y perdió la beccade aunque está acostumbrado al leurre. El ave se comporta como un estúpido branchier. Paître un hagard n’est pas si facile.»
¿Estaba soñando? El viejo lenguaje de la cetrería que había leído en manuscritos amarillentos —el viejo y olvidado francés de la Edad Media— resonaba en mis oídos mientras los sabuesos ladraban y los cascabeles de los halcones tintineaban como acompañamiento al repiquetear de los caballos. Volvió a hablar en aquel dulce idioma olvidado: