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nydus/The King in YellowPublic
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I

consecuencia, ya no estábamos representados en el extranjero por patriotas incompetentes.

La nación era próspera; Chicago, paralizada por un momento tras un segundo gran incendio, había surgido de sus ruinas, blanca e imperial, y más hermosa que la ciudad blanca que se había construido como juguete en 1893.

En todas partes la buena arquitectura iba reemplazando a la mala, y aun en Nueva York, un anhelo repentino de decencia se había llevado gran parte de los horrores existentes. Se habían ensanchado las calles, pavimentado e iluminado debidamente, plantado árboles, diseñado plazas, demolido las estructuras elevadas y construido vías subterráneas para reemplazarlas.

Los nuevos edificios gubernamentales y cuarteles eran bellas muestras de arquitectura, y el largo sistema de muelles de piedra que rodeaba por completo la isla se había convertido en parques que resultaron ser una bendición para la población. La subvención al teatro estatal y a la ópera estatal trajo su propia recompensa.

La Academia Nacional de Diseño de Estados Unidos se parecía mucho a las instituciones europeas del mismo género. Nadie envidiaba al Secretario de Bellas Artes, ni su puesto en el gabinete ni su cartera. El Secretario de Silvicultura y Conservación de la Caza la tenía mucho más fácil, gracias al nuevo sistema de Policía Montada Nacional.

Habíamos sacado buen provecho de los últimos tratados con Francia e Inglaterra; la exclusión de los judíos nacidos en el extranjero como medida de autoconservación, el establecimiento del nuevo estado negro independiente de Suanee, el control de la inmigración, las nuevas leyes relativas a la naturalización y la centralización gradual del poder en el ejecutivo contribuyeron a la calma y a la prosperidad nacionales.

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