enfrente de la Cámara Letal. Entonces se echó a reír y me preguntó qué quería de él. Le indiqué que se sentara en un banco bajo la luz eléctrica y me senté a su lado. Me miró con curiosidad, con esa misma mirada escrutadora que tanto odio y temo en los médicos. Sentí el insulto de su mirada, pero él no lo sabía y oculté cuidadosamente mis sentimientos.
—Bien, viejo amigo —preguntó—, ¿qué puedo hacer por ti?
Saqué del bolsillo el manuscrito y las notas de la Dinastía Imperial de América, y mirándolo a los ojos le dije:
—Se lo diré. Bajo su palabra de soldado, prométame leer este manuscrito de principio a fin, sin hacerme una sola pregunta. Prométame leer estas notas del mismo modo, y prométame escuchar lo que tengo que decirle después.