Muy arriba, las gaviotas giraban y se mecían como pedazos de papel blanco; desde algún pantano lejano, un zarapito solitario lanzaba su reclamo.
Poco a poco el sol se hundió en la llanura, y el cenit se tiñó con el arrebol. Observé cómo el cielo cambiaba del oro más pálido al rosa y luego a un fuego abrasador.
Nubes de mosquitos danzaban sobre mí, y alto en el aire sereno un murciélago se abalzó y remontó el vuelo. Mis párpados empezaron a cerrarse.
Luego, al sacudirme la somnolencia, un estruendo repentino entre los helechos me despertó. Alcé los ojos. Un gran pájaro pendía temblando en el aire sobre mi rostro. Por un instante me quedé mirándolo, incapaz de moverme; después algo saltó a mi lado entre los helechos y el pájaro se elevó, dio un giro y se precipitó de cabeza en la maleza.
Estaba de pie en un instante, escudriñando a través de los árgomas. Se oyó el sonido de un forcejeo en un matorral de brezo cercano, y luego todo quedó en silencio. Di un paso al frente, con el arma en ristre, pero cuando llegué al brezo el arma volvió a caer bajo mi brazo, y me quedé inmóvil en silencioso asombro. Una liebre muerta yacía en el suelo, y sobre la liebre se encontraba un halcón magnífico, con una garra enterrada en el cuello de la criatura y la otra firmemente plantada sobre su flanco lacio. Pero lo que me asombró no fue la mera visión de un halcón posado sobre su presa. Eso lo había visto más de una vez. Fue que el halcón estaba provisto de una especie de correa alrededor de ambas garras, y de la correa colgaba un trozo redondo de metal parecido a un cascabel de trineo. El ave clavó en mí sus fieros ojos amarillos, y luego se inclinó y clavó su pico curvado en la pieza. Al mismo instante resonaron pasos apresurados