La gata encogió los dedos de las patas con satisfacción.
Afuera, la calle estaba muy silenciosa.
Él murmuró a continuación:
“¿Por qué iba a adornarte tu ama con un artículo sumamente necesario para ella en todo momento? En fin, casi todo momento. ¿Cómo se las arregló para deslizar este trozo de seda y plata alrededor de tu cuello? ¿Fue el capricho de un momento —cuando tú, antes de perder tu tersura primigenia, marchaste cantando a su dormitorio para darle los buenos días? Claro, y ella se incorporó entre las almohadas, con el cabello enroscado desparramado sobre los hombros, mientras tú saltabas a la cama ronroneando: «Buenos días, mi señora». Oh, es muy fácil de entender”, bostezó, apoyando la cabeza en el respaldo de la silla.
La gata seguía ronroneando, apretando y aflojando sus garras acolchadas sobre su rodilla.
“¿Quieres que te hable de ella, gato? Es muy hermosa—tu ama —”, murmuró con modorra, “y su cabello es pesado como oro bruñido. Podría pintarla—no sobre lienzo—, pues necesitaría matices y tonos y tintes y colores más espléndidos que el iris de un espléndido arco iris. Solo podría pintarla con los ojos cerrados, pues solo en sueños se pueden hallar los colores que necesito. Para sus ojos, debo tener azul de cielos ajenos a toda nube—los cielos del país de los sueños. Para sus labios, rosas de los palacios del país del sopor,