A mediodía del día siguiente, cuando fui a visitarlo, encontré a Boris caminando inquieto por su estudio.
—Geneviève duerme ahora mismo —me dijo—, el esguince no es nada, ¿pero por qué ha de tener una fiebre tan alta? El médico no se lo explica; o más bien no quiere —murmuró.
—¿Geneviève tiene fiebre? —pregunté.
“¡Ya lo creo, y de hecho ha estado un poco mareada a ratos durante toda la noche! ¡Imagínate!, la alegre y despreocupada Geneviève, sin una sola preocupación en el mundo, ¡y no para de decir que tiene el corazón roto y que se quiere morir!”
Mi propio corazón se detuvo.
Boris se apoyó en la puerta de su estudio, mirando al suelo, con las manos en los bolsillos, sus ojos bondadosos y perspicaces nublados, una nueva línea de preocupación trazada «sobre la buena marca de la boca que formaba la sonrisa».
La criada tenía órdenes de llamarlo en el instante en que Geneviève abriera los ojos. Esperamos y esperamos, y Boris, poniéndose nervioso, deambulaba de un lado a otro, atareado con cera de modelar y arcilla roja.
De repente se dirigió hacia la habitación contigua. —¡Venid a ver mi tina de color rosa llena de muerte! —exclamó.
—¿Es la muerte? —pregunté, para seguirle la corriente.
—Supongo que no te sientes preparado para llamarlo vida —respondió.