“A menos que se enteren de que hay objetos de valor enterrados allí”.
—Pero ¿seguro que aquí no hay nada enterrado? —exclamó Braith con inquietud.
—Por desgracia, sí lo hay —gruñó West—. Ese tacaño de mi casero...
Un estruendo procedente del exterior, seguido de un grito, lo interrumpió; luego, golpe tras golpe sacudieron las puertas, hasta que se oyó un chasquido seco, el tintineo de metal y un trozo triangular de hierro cayó hacia adentro, dejando un agujero por el que se filtraba un rayo de luz.
Al instante West cayó de rodillas y, metiendo su revólver a través de la abertura, disparó todos los cartuchos.
Por un momento el callejón resonó con el estrépito del revólver, y luego siguió un silencio absoluto.
Pronto un único golpe dubitativo cayó sobre la puerta, y un momento después otro y otro, y luego una grieta repentina serpenteó a través de la plancha de hierro.
—Aquí —dijo West, asiéndome* por la muñeca—, ¡sígueme, Braith!, y corrió velozmente hacia un punto circular de luz en el extremo más alejado del sótano.
El punto de luz provenía de una boca de hombre enrejada arriba. West le indicó a Braith que se subiera a sus hombros.
“Empújalo. ¡Tienes que hacerlo!”
Con poco esfuerzo, Braith levantó la cubierta trancada, salió reptando sobre el vientre y levantó con facilidad a Colette de los hombros de West.
—¡Rápido, viejo amigo! —exclamó este último.