El Luxemburgo era un estallido de flores. Caminó lentamente por las largas avenidas de árboles, pasando junto a mármoles musgosos y columnas de otra época, y cruzando la arboleda junto al león de bronce, llegó a la terraza coronada de árboles sobre la fuente.
Abajo se extendía el estanque brillando bajo la luz del sol. Almendros en flor rodeaban la terraza y, en una espiral mayor, bosquetes de castaños serpenteaban hacia dentro y hacia fuera y bajaban entre los húmedos matorrales junto al ala occidental del palacio.
En un extremo de la avenida de árboles se alzaba el Observatorio, con sus cúpulas blancas amontonadas como una mezquita oriental; en el otro extremo se erguía el pesado palacio, con cada cristal de ventana centelleando bajo el sol abrasador de junio.
Alrededor de la fuente, los niños y las enfermeras de cofia blanca armadas con varas de bambú empujaban barquitos de juguete cuyas velas colgaban lácidas bajo el sol.
Un gendarme moreno, con hombreras rojas y sable de gala, los observó un momento y luego se fue a reconvenir a un joven que había soltado a su perro.
El perro estaba ocupado muy plácidamente en restregarse la hierba y la tierra contra el lomo mientras agitaba las patas en el aire.
El policía señaló al perro. Estaba mudo de indignación.
—Bueno, Capitán —sonrió el joven.
—Pues bien, señor estudiante —gruñó el policía.