Exteriormente tranquilo, me había engañado a mí mismo. Aunque la batalla interior ardió noche tras noche, y yo, tumbado a solas en mi habitación, me maldecí por mis pensamientos rebeldes desleales a Boris e indignos de Geneviève, la mañana siempre traía alivio, y regresaba con Geneviève y con mi querido Boris con el corazón lavado y purificado por las tempestades de la noche.
Jamás, ni de palabra, ni de obra, ni de pensamiento mientras estuve con ellos, había traicionado mi dolor ni siquiera ante mí mismo.
La máscara del autoengaño ya no era una máscara para mí, era una parte de mí. La noche la levantaba, dejando al descubierto la verdad sofocada que había debajo; pero no había nadie para verla excepto yo mismo, y cuando rompía el día la máscara volvía a caer por su propio peso.
Estos pensamientos pasaban por mi mente turbada mientras yacía enfermo, pero estaban irremediablemente enredados con visiones de criaturas blancas, pesadas como la piedra, que reptaban por la jofaina de Boris; de la cabeza de lobo sobre la alfombra, echando espuma y chasqueando los dientes hacia Geneviève, que yacía sonriente junto a ella.
Pensé también en el Rey de Amarillo envuelto en los colores fantásticos de su manto desgarrado, y en aquel amargo grito de Cassilda: «¡No sobre nosotros, oh Rey, no sobre nosotros!».
Con fiebre luché por alejarlo de mí, pero vi el lago de Hali, delgado y desolado, sin una sola onda ni un viento que lo agitara, y vi las torres de Carcosa detrás de la luna. Aldebarán, las Híades, Alar, Hastur, se deslizaban a través de las brechas de las nubes que se agitaban y ondeaban a su paso como los jirones recortados del Rey de Amarillo.
Entre todos ellos, un pensamiento cuerdo persistía. Jamás flaqueó, sin importar lo que estuviera pasando en mi mente trastornada, y era que mi