rostro cadavérico detrás, y Colette exclamó con un jadeo: «¡Hartman!», y él ya se había ido.
Miraron con temor a través del terraplén, deteniendo la respiración.
Hubo un arrastrar de pies en el muelle y la puerta del cuartel dio un portazo. Un farol brilló por un momento en el postigo, la multitud se apretó contra la reja, y luego resonó el estruendo de la descarga desde el patio de piedra.
Uno a uno, los hachones de petróleo se encendieron a lo largo del malecón, y ahora toda la plaza estaba en movimiento. Bajando por los Campos Elíseos y cruzando la plaza de la Concordia avanzaban en desorden los fragmentos de la batalla, una compañía por aquí, una muchedumbre por allá. Afluían desde todas las calles seguidos de mujeres y niños, y un gran murmullo, transportado por el viento helado, barrió el Arco del Triunfo y descendió por la avenida