despertaba. Con tanta claridad escuché las campanas de la medianoche, el viento en las ramas de los árboles y el silbido de los vapores desde la bahía, que aún ahora apenas puedo creer que no estuviera despierto. Me parecía estar acostado en una caja con tapa de cristal. Vi tenuemente las farolas de la calle al pasar, pues debo decirte, Tessie, que la caja en la que yacía parecía estar en un carruaje acolchado que me sacudía sobre un pavimento empedrado. Al rato me impacienté e intenté moverme, pero la caja era demasiado estrecha. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, así que no podía levantarlas para ayudarme. Escuché y luego traté de llamar. Mi voz había desaparecido. Pude oír el taconeo de los caballos atados al carruaje, e incluso la respiración del cochino. Entonces otro sonido irrumpió en mis oídos como el levantamiento de un marco de ventana. Logré girar un poco la cabeza y descubrí que podía mirar, no solo a través de la tapa de cristal de mi caja, sino también a través de los paneles de vidrio en el costado del vehículo cerrado. Vi casas, vacías y silenciosas, sin luz ni vida en ninguna de ellas, excepto en una. En esa casa había una ventana abierta en el primer piso, y una figura toda de vestida de blanco se quedó mirando hacia la calle. Eras
Tessie había apartado su rostro de mí y se había apoyado en la mesa con el codo.
—Pude ver tu rostro —proseguí—, y me pareció muy afligido. Luego seguimos adelante y doblamos por un callejón oscuro y estrecho. Al poco rato los caballos se detuvieron. Esperé y esperé, cerrando los ojos con miedo e impaciencia, pero todo estaba silencioso como la tumba. Tras lo que me pareció que fueron horas, comencé a sentirme incómodo. La sensación de que alguien estaba muy cerca de mí me hizo abrir los ojos. Entonces vi el rostro pálido del conductor del coche fúnebre mirándome a través de la tapa del ataúd...