encantadoras que lo recibieron con tanto encanto y secundaron a Rowden en su petición de que Hastings formara parte del grupo, que este accedió de inmediato. Mientras Elliott esbozaba brevemente la excursión planeada a La Roche, Hastings comía encantado su tortilla y devolvía las sonrisas de aliento de Cécile, Colette y Jacqueline. Mientras tanto, Clifford, en un suave susurro, le decía a Rowden qué imbécil era. El pobre Rowden lucía desgraciado hasta que Elliott, adivinando cómo iban las cosas, frunció el ceño ante Clifford y encontró un momento para hacerle saber a Rowden que todos iban a sacarle el mejor partido a la situación.
—Tú cállate —le observó a Clifford—, es el destino, y se acabó.
“Es Rowden, y asunto acabado”, murmuró Clifford, ocultando una sonrisa. Pues, al fin y al cabo, él no era la niñera de Hastings.
Así fue como el tren que salió de la estación de San Lázaro a las 9:15 a.m. detuvo un momento su marcha hacia Havre y depositó en la estación de tejados rojos de La Roche a un alegre grupo, armado con sombrillas, cañas de pescar y un bastón, llevado por el no combatiente, Hastings.
Luego, una vez instalado su campamento en un bosquecillo de sicómoros que bordeaba el pequeño río Ept, Clifford, el indiscutible maestro en todo lo relativo al deporte, asumió el mando.
—Tú, Rowden —dijo—, reparte tus moscas con Elliott y no le quites el ojo de encima, o si no, intentará poner un flotador y un plomo. Evita a la fuerza que se ponga a rebuscar lombrices.
Elliott protestó, pero se vio obligado a sonreír con la risa general.
—Me enfermas —afirmó—; ¿crees que esta es mi primera trucha?
—Estaré encantado de ver su primera trucha —dijo Clifford, y esquivando un anzuelo lanzado con la firme intención de acertarle,