listo este año, pero después del éxito que me trajo la Virgen, me da vergüenza mandar una cosa así».
La Madona, un exquisito mármol para el que había posado Geneviève, había sido la sensación del Salón del año pasado. Miré la Ariadna. Era una magnífica obra de virtuosismo técnico, pero coincidí con Boris en que el mundo esperaría de él algo mejor que eso. Aun así, era imposible pensar ya en terminar a tiempo para el Salón aquel grupo espléndido y terrible medio envuelto en el mármol a mis espaldas. Las Parcas tendrían que esperar.
Estábamos orgullosos de Boris Yvain. Nosotros lo reclamábamos como nuestro y él nos reclamaba a nosotros en virtud de haber nacido en América, aunque su padre era francés y su madre rusa. Todos en las Bellas Artes lo llamaban Boris. Y, sin embargo, éramos solo dos a quienes él se dirigía de la misma manera familiar: Jack Scott y yo mismo.
Quizá el hecho de que yo estuviera enamorado de Geneviève tuviera algo que ver con su afecto hacia mí. No es que jamás lo hubiéramos hablado. Pero una vez que todo estuvo decidido, y ella me hubo dicho con lágrimas en los ojos que era a Boris a quien amaba, fui a su casa y lo felicité.
La perfecta cordialidad de aquel encuentro no nos engañó a ninguno de los dos, según siempre creí, aunque al menos para uno de nosotros fue un gran consuelo. No creo que él y Geneviève hayan hablado nunca del asunto juntos, pero Boris lo sabía.
Geneviève era encantadora. La pureza de madonna de su rostro podría haber estado inspirada en el Sanctus de la Misa de Gounod. Pero siempre me alegraba cuando cambiaba ese estado de ánimo por lo que llamábamos su «maniobra de abril». A menudo era tan variable como un día de abril.