El día siguiente fue desastroso para mí.
Al trasladar un lienzo enmarcado de un caballete a otro, mi pie resbaló en el suelo pulido y caí pesadamente sobre ambas muñecas. Se torcieron tan gravemente que era inútil intentar sostener un pincel, y me vi obligado a deambular por el estudio, mirando con furia los dibujos y bocetos inacabados, hasta que la desesperación se apoderó de mí y me senté a fumar y a girar los pulgares con rabia.
La lluvia soplaba contra las ventanas y repiqueteaba en el tejado de la iglesia, arrastrándome a un ataque de nervios con su golpeteo interminable. Tessie estaba sentada cosiendo junto a la ventana, y de vez en vez levantaba la cabeza y me miraba con una compasión tan inocente que comencé a avergonzarme de mi irritación y busqué algo que hacer.
Había leído todos los periódicos y todos los libros de la biblioteca, pero por hacer algo me acerqué a las librerías y las abrí de un empujón con el codo. Conocía cada volumen por su color y los examiné todos, recorriendo lentamente la biblioteca y silbando para mantener el ánimo.
Me disponía a entrar en el comedor cuando mi vista se detuvo en un libro encuadernado en piel de serpiente, situado en un rincón del estante superior de la última librería. No lo recordaba, y desde el suelo no podía descifrar las pálidas letras del lomo, así que fui a la sala de fumadores y llamé a Tessie. Ella entró desde el estudio y se estiró para alcanzar el libro.
“¿Qué es?” pregunté.
“El Rey de Amarillo.”