Cuando sonó la medianoche en el campanario de San Sulpicio, las puertas de París aún estaban atestadas de fragmentos de lo que antaño había sido un ejército.
Entraron con la noche, una horda hosca, salpicada de légamo, desfallecida de hambre y agotamiento.
Al principio hubo poco desorden, y la muchedumbre en las puertas se abrió en silencio mientras las tropas marchaban por las calles heladas.
La confusión llegó a medida que pasaban las horas. Rápida y cada vez más aprisa, agolpando escuadrón tras escuadrón y batería sobre batería, con caballos que se cernían y armones que traqueteaban, los remanentes del frente irrumpieron por las puertas, un caos de caballería y artillería que luchaba por el derecho de paso.
Poco después de ellos tropezaba la infantería; aquí el esqueleto de un regimiento que marchaba con un intento desesperado de orden, allá una turba alborotada de móviles que se abría paso a empujones hacia las calles, luego un tumulto de jinetes, cañones, tropas sin oficiales, oficiales sin hombres, y de nuevo una línea de ambulancias, con las ruedas gimiendo bajo sus pesadas cargas.
Mudo de miseria, el gentío observaba.
Durante todo el día habían estado llegando las ambulancias, y durante todo el día la muchedumbre andrajosa gimió y tiritó junto a las vallas.
A mediodía la multitud se multiplicó por diez, llenando las plazas en torno a las puertas y abalanzándose sobre las fortificaciones interiores.