Lo contemplé todo el tiempo que pude verlo. Su espalda ágil expresaba la misma amenaza; cada paso que lo alejaba de mí parecía llevarlo a cumplir alguna misión relacionada con mi destrucción.
Iba avanzando a hurtadillas, con los pies casi negándose a moverse. Empezó a despuntar en mí un sentimiento de responsabilidad por algo olvidado hacía mucho tiempo. Empezó a parecerme que merecía aquello con lo que él amenazaba: se remontaba muy atrás, muy, muy atrás. Había permanecido latente todos estos años; sin embargo, estaba allí, y en cualquier momento se alzaría y me pondría frente a frente con él. Pero intentaría escapar; y avancé a tropezones como pude hacia la Rue de Rivoli, crucé la Plaza de la Concordia y seguí hasta el Quai. Miré con ojos enfermos el sol, que brillaba a través de la blanca espuma de la fuente, derramándose sobre las espaldas de los oscuros dioses fluviales de bronce, sobre el lejano Arco, una estructura de neblina amatista, sobre las incontables perspectivas de troncos grises y ramas desnudas tenuemente verdes. Entonces lo vi de nuevo, bajando por uno de los paseos de castaños del Cours la Reine.
Dejé la orilla del río, me adentré a ciegas hacia los Campos Elíseos y giré en dirección al Arco. El sol poniente proyectaba sus rayos sobre el césped verde de la rotonda: bajo su pleno fulgor estaba sentado en un banco, rodeado de niños y jóvenes madres.
No era más que un holgazán de domingo, como los demás, como yo mismo. Pronuncié las palabras casi en voz alta, mientras contemplaba el odio maligno de su rostro. Pero él no me miraba.
Pasé de largo a hurtadillas y arrastré mis pies de plomo avenida arriba. Sabía que cada vez que me encontraba con él lo acercaba más al cumplimiento de su propósito y de mi destino. Y aun así intenté salvarme.
Los últimos rayos de la puesta de sol se filtraban a través del gran Arco. Pasé por debajo de él y lo encontré cara a cara.