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nydus/The King in YellowPublic
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I

Hawberk, Armero.

Miré de reojo hacia la puerta y vi a Hawberk ocupado en su pequeña tienda al fondo del pasillo. Alzó la vista y, al verme, exclamó con su voz profunda y cordial: «¡Entre, señor Castaigne!».

Constance, su hija, se levantó para recibirme mientras cruzaba el umbral y me tendió su bonita mano, pero vi el rubor de la decepción en sus mejillas y supe que era a otro Castaigne a quien esperaba, mi primo Louis. Sonreí ante su confusión y la felicité por el estandarte que estaba bordando a partir de una lámina a color.

El viejo Hawberk estaba remachando las musleras gastadas de una armadura antigua, y el tin! tin! tin! de su pequeño martillo sonaba placenteramente en la pintoresca tienda.

De pronto soltó el martillo y anduvo trasteando un momento con una llave inglesa diminuta. El suave entrechoque de la cota de malla me hizo sentir un estremecimiento de placer. Me encantaba escuchar la música del acero rozando contra el acero, el golpe melancólico del mazo en las piezas de los muslos y el tintineo de la armadura de anillas.

Esa era la única razón por la que iba a ver a Hawberk. Él jamás me había interesado personalmente, ni tampoco Constance, salvo por el hecho de estar enamorada de Louis. Esto sí ocupaba mi atención, y a veces incluso me desvelaba por la noche. Pero sabía en mi corazón que todo saldría bien, y que yo arreglaría su futuro tal como esperaba arreglar el de mi bondadoso doctor, John Archer.

Sin embargo, nunca me habría molestado en ir a visitarlos en aquel preciso momento de no haber sido, como digo, porque la música del martillito tintineante ejercía sobre mí esta fuerte fascinación.

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