Luego se vio obligado a luchar contra una violenta inclinación a sentarse y llorar. Esto duró hasta que llegó a la Rue de Rennes, pero allí quedó absorto contemplando el dragón del balcón que sobresale sobre la Cour du Dragon, y el tiempo se esfumó hasta que recordó vagamente que no tenía nada que hacer allí, y se marchó de nuevo.
Era un trabajo lento. La inclinación a sentarse y llorar había dado paso al deseo de una reflexión solitaria y profunda.
Aquí su pierna derecha olvidó la obediencia y, atacando a la izquierda, la flanqueó y lo hizo dar contra una tabla de madera que parecía cerrarle el paso. Trató de rodearla, pero descubrió que la calle estaba cortada. Intentó derribarla empujando, y vio que no podía.
Entonces advirtió un farol rojo sobre un montón de adoquines dentro de la valla. Esto era agradable. ¿Cómo iba a volver a casa si el bulevar estaba bloqueado? Pero él no estaba en el bulevar.
Su traicionera pierna derecha lo había extraviado en un rodeo, pues allí, a sus espaldas, estaba el bulevar con su hilera interminable de lámparas, y aquí, ¿qué era esta calle estrecha y derruida llena de tierra, argamasa y montones de piedras?
Alzó la vista. Escrito con grandes letras negras sobre la valla se leía
Rue Barrée.
Se sentó. Dos policías que conocía pasaron por allí y le aconsejaron que se levantara, pero él discutió la cuestión desde un punto de vista de gusto personal, y ellos siguieron su camino, riendo. Pues en ese momento estaba absorto en un problema.